
Pangea
Abraham Cupeiro
Royal Philharmonic Orchestra
Dimas Ruiz, director
Warner Classics 0190295181673
Melómano de Oro
‘Un canto a la diversidad cultural, un intento de unir pueblos y músicas, de hacer llegar al ser humano el mensaje de una Tierra que vislumbra asustada un futuro incierto’ es la definición que Abraham Cupeiro nos da para su último trabajo discográfico.
Pangea es la ambición de la ambición, la pretensión de recopilar nuestra Historia, con mayúsculas, nuestra Tierra, tan rica y grande, que en algún momento no estuvo dividida. Es la orquesta occidental que se nutre de su pasado pero que entiende su presente; el ritmo africano que asciende cualquier melodía, que nos hace danzar con los brazos extendidos mientras miramos al cielo; es el viento de oriente que nos rodea, que agita nuestra ropa y con el que cerramos los ojos para entender; y es el olor del mar, el color de sus olas, de los pueblos que desde siempre lo han vivido y sufrido. Es el sonido de un hogar que se muere y que nos pide a gritos despertar, que a través de la música nos invita a buscarnos en él. Es el canto jubiloso de un pueblo que vivió y que hoy permanece en unos pocos, cada vez más quimérico y utópico. El deseo, la ambición, de que la diversidad cultural forme parte de nuestro presente, sin permitir que caiga en el olvido en un mundo paradójico donde la diversidad está a pie de barrio pero la tradición es solo rescatada por unos cuantos locos.
Pangea es un disco con diez obras originales para orquesta sinfónica y un sinfín de instrumentos tradicionales encargados de transportarnos por toda la geografía gracias a sus timbres únicos. Entre la multitud destacan las percusiones y los diferentes instrumentos de viento, los grandes protagonistas en este LP. Una lista de flautas e instrumentos de viento que llega hasta los dieciocho y que abarcan los cinco continentes.
Cada pieza se influencia de un lugar (continente, país o incluso pueblo) sobre el que se construye una música con un lenguaje accesible desde un prisma occidental, base sobre la que se erigen cada uno de los géneros y esencias rítmicas, melódicas y armónicas que representan dichas culturas. Una mirada sonora que recuerda mucho al imaginario cultural cinematográfico; muy potente y sobrecogedor para todos, quizá demasiado para unos pocos, que nos impacta desde el principio con Oceanía, desde donde se marca la tónica general en cuanto a estructura dinámica y emocional, como la marea que sube y baja, que nos calma y nos arrolla.
Es por eso que, quizá, en su apartado estructural notamos que se arriesga poco. Que dentro de cada obra se establece una sonoridad unitaria e imperturbable, solo rota por un más que interesante tratamiento rítmico, el verdadero motor junto con la densidad instrumental y la riqueza tímbrica. Una realidad que no denota un aspecto negativo en el caso de este disco, donde precisamente se buscan momentos y lugares concretos. Fotos fijas de atmósferas formadas por destellos de color que explotan y abren caminos emocionales, y cuyo recorrido es casi siempre ascendente (como nos ocurre con África). Momentos de densidad instrumental, modulatorios o de cambios rítmicos que nos van inflando y desinflando, siempre sobre una cama tonal/modal bastante clara y predominantemente circular. Un aspecto que refleja claramente el eclecticismo de los tiempos que vivimos, donde la tradición orquestal se mezcla con las músicas más ‘populares’. Obras por debajo de los diez minutos que van al grano temático. Que renuncian, sí, a los complejos sistemas estructurales (muy propios de ese pasado) que evolucionan y se transforman casi a cada compás, pero que gana, en contrapartida, una unión casi instantánea con las sensibilidades del siglo XXI, formadas auditivamente en la mezcla y salto constante de género, época y región.
Un disco donde realmente no podemos destacar una obra concreta porque es un todo en el que cada parte es en sí maravillosa. Nos refleja una realidad donde el color predomina al blanco y negro, ayudado del recurso de la ambientación sonora (escuchamos la selva, el mar…) que aporta tanta frescura en un disco supuestamente musical. Porque este disco es, más que nada, una experiencia visual con los ojos cerrados. Porque se consigue que veamos los paisajes dibujados, olamos y saboreemos cada rincón de este curioso mapa cultural, consiguiendo palpar el aire de sus vientos.
Un trabajo impecable que hubiera sido imposible sin los maravillosos arreglos orquestales para una orquesta que no necesita presentaciones. Una grabación, mezcla y masterización de escándalo que merecen ser apreciadas con una escucha de calidad.
Es un disco para disfrutar, sin complejos. De sentarse y volar.
Por Pablo de Diego
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