
La Sinfonía concertante en Mi bemol mayor para violín, viola y orquesta K 364 de Wolfgang Amadeus Mozart es una de sus obras maestras, tanto por el logro idiomático y virtuoso de los instrumentos solistas, como por la madurez discursiva de la pieza. Esta exquisita composición, que reúne múltiples elementos europeos, muestra un diálogo de seducción entre el violín y la viola, en lo que supone un retrato musical de intensa profundidad emocional y psicológica.
Por Ulises Illán
La sinfonía concertante, un género «desconcertante»
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) descubrió este género para múltiples solistas, casi con toda probabilidad, durante sus estancias en París. La expresión «sinfonía concertante» hace referencia a un género sinfónico de concierto para instrumentos solistas (generalmente dos, tres o cuatro) con orquesta, que proliferó a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Esta forma representa una fusión de diversos elementos de la sinfonía, del concierto para solista, así como del divertimento, aunque con tratamiento instrumental solístico y virtuoso.
El origen del término («sinfonia concertante» es una clara italianización del término francés «symphonie concertante») lo encontramos en el Concert Spirituel de la capital francesa, una serie de conciertos que se celebraban especialmente durante la Pascua y en días de fiestas religiosas, cuando los teatros de ópera y comedia debían cerrar. El repertorio que se interpretaba contenía obras corales sacras y piezas instrumentales virtuosas. Uno de los escenarios emblemáticos de estos conciertos, y donde Mozart no solamente acudió, sino que estrenó composiciones, era el Palacio de las Tullerías.
Se han conservado cerca de 600 obras orquestales de movimientos múltiples que llevan el nombre de «sinfonía concertante» o «concertante», escritas por 209 compositores entre 1770 y 1830. Además de la de Mozart, son destacables otras sinfonías concertantes: la de Francois-Joseph Gossec, las de Carl Philipp Stamitz o la de Antoine-Frédéric Gresnick. La variedad del número de instrumentos solistas (desde dos hasta en ocasiones nueve) y la variabilidad de forma hacen de la sinfonía concertante un género más flexible y abierto de lo habitual.
Las incursiones de Mozart en el género de la sinfonía concertante son, lamentablemente, muy pocas. Esta que nos ocupa, la protagonizada por el violín y la viola (K 364), es la única obra concluida íntegramente por Mozart y titulada «concertante». Existen tres fragmentos de otros dos intentos: Sinfonía concertante para violín, viola, violonchelo y orquesta en La mayor (K 320e – Anh. 104), y la Sinfonía concertante para piano, violín y orquesta en La mayor (K Anh. 56). También queda la muy debatida Sinfonía concertante para oboe, clarinete, trompa, fagot y orquesta en Mi bemol mayor (K 297b). Sin embargo, Mozart compensa la falta de cantidad con una obra excepcional (esta, la K 364), que marca el punto culminante del género, eclipsando, en mi opinión, cualquier otra sinfonía concertante. El salzburgués trasciende y perdura a través de este género como uno de los compositores más hábiles, exquisitos y resolutivos, presentando un trabajo de una factura impecable.
Los Mozart, padre e hijo, despedidos
En 1777, con 21 años, Mozart ya llevaba cuatro años trabajando para el nuevo arzobispo de Salzburgo, Colloredo, y se sentía reprimido en lo personal y subestimado en lo artístico. No era feliz; ese mismo verano, hastiado, pide a Colloredo que lo libere de su empleo con el fin de viajar a Francia en busca de otro trabajo, lo que desafortunadamente llevó a un despido, no solo para Wolfgang, sino también para su padre Leopold. La búsqueda de empleo de Wolfgang ahora llevaba la responsabilidad del bienestar de toda su familia, y, con ese propósito, se dirige a Múnich, Mannheim y París en compañía de su madre, pensando también en ampliar sus horizontes musicales. Sin embargo, el salzburgués ya no era el niño prodigio que fue, y encontrar un trabajo resultó ser más difícil de lo esperado. En 1779, Mozart se ve obligado a regresar a Salzburgo y trabajar para Colloredo como organista de corte. Este viaje y estancia en París, aunque no fue financieramente ventajoso, sí hizo madurar al compositor en lo personal y le brindó nuevas ideas musicales, que luego supo sublimar en diversas obras maestras.
Mozart, el europeo
La Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta es una verdadera muestra del sincretismo cultural europeo que se aprecia en la obra de Mozart, dado su aprendizaje a lo largo de los múltiples viajes por la Europa dieciochesca. En esta obra, cosmopolita y refinada por un lado, y humana y doliente por otro, encontramos, además del estilo salzburgués, claras influencias de Alemania, Francia e Italia.
Alemania: Mannheim
Tras la inesperada muerte de su madre en París, Mozart vuelve a la ciudad alemana de Mannheim, considerada entonces un importantísimo centro musical. Tenía 23 años y daba muestras ya de una gran madurez compositiva; madurez que se avivó al conocer el virtuosismo y disciplina de la Orquesta de Mannheim, dirigida por Cannabich, a quien Mozart tenía en alta consideración. Esta orquesta era considerada en la época entre las mejores, pues estaba nutrida, como ninguna otra, de instrumentistas solistas de primer nivel y, a la vez, buenos compositores. Aquí el compositor asimila nuevas técnicas orquestales, sobre todo en lo concerniente al uso de las dinámicas contrastantes, los contrastes tímbricos y al virtuosismo orquestal. Comenta el cronista Charles Burney, testigo en el siglo XVIII de la excelencia de sus ejecuciones, que la orquesta era como «un ejército de generales; tan en forma para diseñar la estrategia de batalla como para luchar en ella». También fue en esta ciudad alemana donde conoció por primera vez el sonido del clarinete, que hasta entonces nunca había escuchado. Mozart tenía, además, otro interés más personal en Mannheim; antes de viajar a París había conocido allí a la familia Weber y se había enamorado de una de las hijas, Aloysia, de 15 años; aunque sería con Constanza, la hermana menor de esta, con quien finalmente se casaría años más tarde.
Francia: París
La capital francesa había adquirido ya en el Barroco una importancia musical ostensiblemente superior a la de la Viena imperial, sin duda por su condición de capital de la primera potencia mundial bajo el reinado del rey Sol. Lo demuestran los abundantes peregrinajes a París realizados durante el siglo XVIII por muchos músicos de prestigio, tanto instrumentistas, como compositores, con la finalidad de darse a conocer. El propio Mozart visitó París en tres ocasiones (1763, 1766 y 1778) y pudo asimilar, como ya he señalado, la propia forma de sinfonía concertante.
Italia: Bolonia, Nápoles, Verona y Milán
La huella que dejan los compositores italianos en Mozart es enorme, no solo en el uso de la melodía, sino en las articulaciones y en la exquisitez de la orquestación y en su especial mimo con la voz cantada. Y es que la gran influencia fueron las óperas italianas que había conocido en sus viajes por Italia. Así se va forjando el propio estilo mozartiano en la música instrumental y en la operística. Las referencias son numerosas: el padre Martini en Bolonia, el orondo Jommelli en Nápoles, Locatelli, Anfossi o Paisiello. Como también sabemos, Mozart trabaja con los mejores libretistas italianos: Metastasio y Da Ponte.
El violín, esplendor dialogante
La educación musical y violinística de Mozart fue muy intensa y exhaustiva, con especial influencia de su padre, Leopold Mozart, que, además de compositor y violinista, era pedagogo y director o Kapellmeister en la corte de Salzburgo. La obra didáctica de Leopold Mozart contribuyó por su conocimiento y prestigio a la formación musical, tanto en su época como en las generaciones posteriores. Su Método para Violín, publicado el mismo año del nacimiento de Wolfgang Amadeus (1756), supone un hito importante en la literatura pedagógica del violín, y también en la descripción y práctica del estilo musical y de la búsqueda del buen gusto. Este trabajo didáctico es comparable a los que publicaron Quantz para la flauta (1752) y C. Ph. E. Bach para el teclado (1753).
Sobre la base del profundo conocimiento del instrumento y su experiencia como concertino y solista, Mozart compuso cinco conciertos para violín y orquesta, además del Concertone K190. Tras su estancia en París, compone la Sinfonía concertante, donde el compositor eleva el violín a las más altas cotas musicales de esplendor, tanto en sus medios técnicos (posiciones altas en sobreagudo, dobles cuerdas, etc.) como en los diálogos con la viola, con una naturalidad idiomática inaudita.
La viola, bellas excepciones
Está extendida la creencia de que Mozart reservó la parte de viola para él, destinando la correspondiente de violín al violinista Ignaz Franzl. La viola era considerada entonces un instrumento secundario, que rellenaba las armonías y equilibraba la orquesta, aunque nos consta que a Mozart le gustaba su timbre. Si la literatura mozartiana de cuartetos de cuerda situaron a la viola en un nivel superior, con la Sinfonía concertante K 364 la elevó, si cabe, al nivel del violín. No olvidemos que las violas en época de Mozart no tenían un tamaño estándar y, además, eran ostensiblemente mayores que las actuales y sonaban con gran fuerza y sonoridad. Quizá debido a ese afán de búsqueda de nuevos timbres y texturas, Mozart crea excepcionalmente dos secciones de violas que tocan dos voces distintas.
La partitura original de la viola está escrita en Re mayor, aunque la tonalidad de la obra es Mi bemol mayor, es decir, un semitono más bajo. Por esta razón, la viola se afina medio tono por encima (en scordatura), lo que permite usar las cuerdas al aire del instrumento. Es este procedimiento el que permitía en la época de Mozart dar a la viola una sonoridad más brillante, más cercana a la del violín, a la vez de facilitar la ejecución y de obtener un sonido más claro y vigoroso.
La obra: pequeña guía de escucha
Comparto una manera muy personal de sentir esta obra, lo que mi imaginación e intuición recrean. Lo que propongo es una opción propia de escucha que en ningún modo es ortodoxa, ni está basada en hechos históricos ni estudios musicológicos. Esta pieza me sugiere un tierno y entrañable diálogo entre Wolfgang (violín) y su padre Leopold (viola), donde los unísonos y las imitaciones son como las propias voces de los protagonistas que conversan, reconviniéndose, aconsejándose o lamentándose juntos por la muerte de la madre; en definitiva, me gusta escuchar la obra como si se tratase de una musicalización de la relación entre el padre y el hijo, entre el mentor y el pupilo, entre dos hombres que se guían por el buen gusto para acceder a la obra maestra ideal. Esta composición, como también lo fueron las cartas entre Leopold y Wolfgang a lo largo de su vida, supone un retrato musical de intensa profundidad emocional y psicológica.
Los instrumentos que intervienen como solistas son el violín y la viola. La orquesta consta de dos oboes, dos trompas y cuerdas, con la curiosidad de que la sección de viola es doble, como ocurre habitualmente en los violines (primeros y segundos).
Primer movimiento: Allegro maestoso (Mi bemol mayor)
La obra da comienzo con una fanfarria solemne, de carácter positivo, sonora y energizante, y con un particular sello, casi literal, de Mannheim, pues la Sinfonía en Fa mayor opus 9 núm. 4 de Karl Philip Stamitz comienza exactamente de la misma manera. Tras la fanfarria, el contraste llega en los violines con un motivo juguetón de un arpegio descendente, para volver de nuevo a la fanfarria. Los oboes coquetean con los violines, los súbitos forte y súbitos piano se suceden hasta que, tras un pasaje de notas trinadas que se excitan y ascienden, llega la bella ingravidez mozartiana en las cuerdas, que van calmándose, preparando una placentera atmósfera idílica sobre las que los instrumentos solistas, el violín y la viola, surgen con notas largas para comenzar su gracioso y equilibrado diálogo, lleno de preguntas y respuestas. Durante la reexposición, el juego entre las melodías incluye cambios en su orden de aparición en los instrumentos solistas. Tras la cadencia a solo de violín y viola, escrita por el propio Mozart (las cadencias eran habitualmente improvisadas por el intérprete con los motivos principales de la pieza. Este desarrollaba con estilo personal un pasaje a solo con abundancia en ornamentaciones, por esta razón, era excepcional que un compositor en siglo XVIII dejara escritas sus cadencia), la orquesta irrumpe con la majestuosidad del carácter inicial para cerrar este movimiento luminoso y positivo.
Segundo movimiento: Andante (Do menor)
No es un atrevimiento afirmar que estamos ante una de las páginas más bellas jamás escrita por Mozart. Con exquisita naturalidad, el Andante comienza con un tema lamentoso en modo menor y de carácter triste y cantabile, que es expuesto primeramente por los violines y a continuación por los solistas, con ligeras variaciones, en lo que considero una conversación de lamento entre el violín y la viola. Las imitaciones son prácticamente literales, aunque van sufriendo mutaciones naturales y sinuosas. Tras un movimiento lleno de esperanza, amor y dolor, aparece de nuevo la doliente cadencia. También escrita por el propio Mozart, esta cadencia íntima y desgarradora nos conduce al final del movimiento, con una coda orquestal empapada de una profunda tristeza. En el caso de esta particular escucha que propongo, este movimiento Andante supone un canto de añoranza a Anna Maria Pertl, madre del compositor salzburgués, y el tutti final representa el epitafio musical.
Acompañen esta música con las propias palabras de Mozart, que en una carta escrita apenas unas horas después de la muerte de la madre en París, el 3 de Julio de 1778, se lamenta: «¡Llore usted conmigo, amigo mío! Este ha sido el día más triste de mi vida. Estoy escribiendo a las dos de la noche… y debo comunicarle que mi madre, mi querida madre, ¡ya no existe! Dios la ha llamado a su lado…».
Tercer movimiento: Presto (Mi bemol mayor)
Juguetón, ligero, virtuoso y vigorizante se nos presenta este bello rondó final. Las articulaciones, breves y ágiles, y el uso de trinos que activan este chispeante Presto, consiguen un carácter desenfadado y cuasi pueril. El violín propone y la viola responde, a veces con un uso inteligente de las octavaciones entre ambos instrumentos sobre una equilibrada orquestación que en ningún momento sobrepasa a los solistas. Me resulta fácil pensar que Mozart se muestra a sí mismo jugando, curioseando, correteando en su infancia, improvisando al violín y tocando a dúo con su hermana Nannerl o su padre Leopold.
Influencias contemporáneas
La influencia de la música de Mozart en el cine y la televisión es enorme y la de esta sinfonía concertante también lo es. Destacaré tan solo tres ejemplos significativos.
El primero de ellos es el que incluyó el director de cine Milos Forman en la célebre y muy polémica película Amadeus, mientras Salieri lee estupefacto los manuscritos de Mozart sin una sola corrección o tachón.
La famosa canción titulada «The Windmills Of Your Mind» de la película de 1968 El caso de Thomas Crown (originalmente titulada The Thomas Crown Affair) toma su tema melódico del lamentoso tema menor del segundo movimiento (Andante) de nuestra sinfonía concertante. También extrae Michael Nyman música de este movimiento y la deconstruye y varía para la banda sonora de la película de 1988 Conspiración de mujeres (originalmente titulada Drowning By Numbers), donde la música se transforma en un angustioso motivo que está vinculado a la muerte.
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