El Concierto para violín y orquesta núm. 2 de Lee Holdridge es un claro ejemplo de cómo la música trasciende fronteras y prejuicios. Compositor entre dos mundos, Holdridge demuestra que el arte sonoro no entiende de etiquetas. Este artículo explora la riqueza expresiva de su obra y su papel en la reivindicación del sinfonismo cinematográfico en las salas de concierto.
Por Antonio Pardo Larrosa
La moviola
Basado en consideraciones meramente subjetivas
Utilizando este curioso artefacto ideado por Iwan Serrurier allá por el año 1917, se puede constatar la gran cantidad de músicos cinematográficos que en una u otra época decidieron dar el salto a las salas de conciertos, sacrosantos lugares que solo unos pocos consiguieron conquistar. Como si de un arqueólogo se tratase, la labor de documentación que cualquiera puede llevar a cabo sobre este particular resulta ser una empresa titánica, de ahí que sea más fácil si se escogen las obras de unos pocos, hecho que ayuda a vislumbrar la escasa presencia que hoy día tienen estas composiciones en las programaciones de los auditorios, teatros y templetes patrios. Esta labor de arqueología doméstica se puede iniciar en la época dorada de Hollywood, años en los que músicos de la talla de Miklos Rozsa, Franz Waxman o Erich Wolfgang Korngold, el más representado de todos, hicieron sus pinitos escribiendo algunas de las obras más interesantes de sus amplios repertorios. Conciertos para violín, viola, piano y alguna que otra sinfonía de hondo arraigo romántico, son algunas de las piezas que trascendieron la pantalla para recalar en el elitista y, a veces, sobrevalorado patio de butacas. Esta constante se repitió durante décadas relegando a un segundo plano la labor compositiva de estos músicos que volvían con las orejas gachas a su medio natural, el cinematográfico. Esta curiosa situación (por llamarla de alguna manera) parece que ha cambiado en los últimos años gracias a la colaboración de todos aquellos que consideran que, la música es música, más allá de su lugar de procedencia.
La estrecha comunión que existe hoy día entre orquestas y músicos ha posibilitado no solo recuperar algunas de las composiciones más interesantes del repertorio clásico mundial, sino también que algunos de los músicos contemporáneos más conocidos vuelvan a retomar su actividad concertista. Williams, Horner, Eidelman, Illarramendi o Holdridge son algunos de los nombres que aparecen en los programas de las orquestas, especializadas o no, que intentan salvar el abismo que durante décadas ha existido entre los músicos cinematográficos y los que no lo son. En esta realidad se circunscribe la obra de concierto de Lee Holdridge, músico que compagina con relativo éxito estas dos actividades. Por esto, es necesario utilizar la moviola, artefacto que trae hasta nuestro presente las obras de un buen puñado de genios que lucharon a brazo partido con las pétreas ideas de un mundo elitista que acuñó para sí la frase: ¡o te transformas o no estrenas!, credo que algunos asumieron y asumen como propio para poder llevar a la escena sus conciertos, óperas, ballets y sinfonías. Menos mal que todavía quedan músicos de los de antes, que prefieren los caminos de la consonancia para seguir creando obras aun a riesgo de ser dilapidados por los críticos de turno que todavía defienden otro tipo de cosas…
Quizá sea el compositor haitiano uno de los grandes defensores de esta corriente que poco a poco llena los teatros y las salas de conciertos desde el gallinero hasta el patio de butacas, distancia conceptual que hasta hace muy poco parecía insalvable. Sea como fuere, lo cierto es que gracias a la encomiable labor de músicos como Holdridge los aficionados podemos disfrutar de estas composiciones en otros espacios que nada tienen que ver con las salas de cine, medio audiovisual en el que han desarrollado sus exitosas carreras.
A tenor de lo expuesto con anterioridad, es bastante fácil reconocer el camino por el que transitan lo músicos cinematográficos en los últimos tiempos, creadores que, aunque con sus transformaciones extremistas siguen produciendo obras consonantes que en mayor o menor medida consiguen llegar a las salas de conciertos. Ya va siendo hora de que entendamos que la música es música con independencia del lugar del que proceda (¡menuda obviedad!); algo que parece que olvidan algunos críticos, directores y empresarios que tienen el poder de decidir los programas de sus festivales.
Mudatrón
Dícese del ser que muda su esencia por mor de los agentes externos que lo implican con una determinada realidad
En esta época en la que los superhéroes del cómic están tan de moda gracias a la magia del cine, es notorio resaltar que la nomenclatura utilizada para nominar a uno u otro ejemplar puede ser extrapolada a otras disciplinas artísticas que poco tienen que ver con el séptimo arte. De ahí que, para nombrar a esta extraña realidad que transmuta a los músicos cinematográficos en otra cosa muy distinta, pueda ser utilizada con el rimbombante nombre de uno de estos histriónicos superhéroes. Esta extraña realidad musical converge en un cambio tan sustancial que por su propia naturaleza (cinematográfica) no se entiende, o lo que es lo mismo, dejan de utilizar un lenguaje para usar otro bien distinto. Esto que a priori puede parecer algo extraño responde a una serie de necesidades que poco tienen que ver con el arte, ya que se diluyen en la purista concepción que los ilustrados de turno tienen de la música clásica moderna.
Atravesamos, ataviados con la altiva desnaturalización de la música como arte y ensayo, un desierto creativo que hunde sus promiscuas raíces en la asonancia estilística más recalcitrante. Viene a ser algo así como una especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde que viaja de la pantalla a la sala de concierto para encontrar la cura que le permita entrar en los círculos musicales de esta época pseudocultural que ha perdido el gallinero y el pataleo. Esta soberana dualidad musical se da con cierta asiduidad en la relación que los músicos cinematográficos tienen con la música que no pertenece a su medio natural consiguiendo que esta tautología acabe definiendo el nombre que mejor describe a nuestro superhéroe: Mudatrón. Este ser tiene la habilidad de cambiar su forma a su antojo cuando las necesidades lo requieren, del mismo modo que el músico cambia su lenguaje cuando las exigencias burocráticas lo permiten… ¡o te transformas o no estrenas! Huelga decir que esto de lo que hablo no siempre sucede así, aunque es más común de lo que se piensa.
Consideraciones aparte, este ser (en la imaginería del cómic), cuyo hábitat se encuentra entre claquetas, focos y guiones, tiene la peculiar característica de dejar de ser lo que es por mor del guion; hecho que queda plasmado en algunas de las composiciones que músicos como John Williams o Elliot Goldenthal han escrito para las salas de conciertos. El Concerto for tuba and Orchestra del primero, y la Othello Symphony del segundo, obras que se alejan de las formas visuales de ambos músicos, son algunos ejemplos de la actividad compositiva de este superhéroe. Lejos de ahondar en una crítica exacerbada de esta o aquella obra (no es este el foro para ello), sí es necesario reseñar que estos trabajos mutan la apariencia que sendos músicos tienen en el medio en el que se mueven creando obras diametralmente opuestas a las que acostumbran realizar. Suerte (milagro) que este no es el caso de otros muchos músicos de la industria cinematográfica norteamericana, compositores que siguen una línea argumental similar a la que utilizan para escribir sus grandes epopeyas visuales. Rostros tan conocidos de la gran pantalla como el del malogrado James Horner y su Pax de Deux, Double Concerto for Violin, Cello and Orchestra; o el de Elmer Bernstein y su Concerto for Guitar & Orchestra; o también, el del haitiano Lee Holdridge y su romántico Violin Concerto Nº 2 (pieza que nos ocupa); son obras que mantienen la impronta tan característica de sus autores. Teniendo sobre el tapete estas interesantes obras no cinematográficas es más fácil reconocer las travesuras de nuestro personaje, sentido y asiento de una transformación que suele darse con demasiada frecuencia hoy día. ¡O te transformas o no estrenas!
De los músicos citados unas líneas más arriba, genios de raza y abolengo, quizá sea Lee Holdridge el que abandera esta infrecuente forma de componer que no suele entusiasmar (conmover, emocionar, encandilar, etc.) a la crítica especializada de turno… ¡y vaya usted a saber por qué! Sea como fuere, lo cierto es que las obras de concierto del de Haití muy bien podrían utilizarse en algunas de las producciones en las que se embarca en su quehacer diario. Conciertos, óperas, ballets o suites para orquesta son algunas de las piezas que comprenden su repertorio de concierto, obras que, por seguir utilizando la misma analogía del cómic, se convierten en el clásico archienemigo del propio Mudatrón.
Lee Holdridge
Lee Holdridge —Pastime, El Pueblo del Sol, Into thin air: Death on Everest, East of Eden—, el último bastión del romanticismo escénico, se presenta al gran público como el garante de la sensibilidad y la elegancia que todavía anida en la meca del cine. Emoción es la palabra que mejor define la original caligrafía de uno de los músicos más expresivos de la actualidad; un prolífico creador de emociones, cromáticas y auditivas, que tiene en su atractiva y original filmografía algunos de los títulos más inspirados de la cinematografía actual. El último romántico… definición que no exime a su producción de todas las demás características que la hacen ser tan original como necesaria; realidad que cartografía la música cinematográfica de las últimas décadas. Desterrado a la pequeña y perdida ínsula de Ostracia (país habitado por los rostros de Conti, Johnston o Broughton), tierra de genios que alberga el talento no deseado de una industria maquiavélica; Holdridge abandera las formas y los modos de una forma de escribir música que ha caído en desuso debido a la radical industrialización del cine moderno. Más allá de la música para la gran pantalla, Holdridge posee una interesante obra de concierto que se sostiene sobre la base de la tonalidad que sus conciertos, suites y óperas tienen. Estas piezas no son más que una prolongación de la música que escribe para la gran pantalla; composiciones que se desarrollan sobre la idea clásica del leitmotiv, “peligrosa” realidad conceptual que ha desaparecido (en parte) de la música contemporánea actual. Puede decirse que el lirismo con el que el músico reviste sus suntuosas melodías es el denominador común de su obra; piezas ornamentales que este orfebre del sentimiento crea produciendo espacios sonoros henchidos de emoción.
Su Scenes of Summer, o su Lazarus and his beloved: Suite From the opera, junto a sus ballets (Ballet fantasy for string san harp) y valses (Grand waltz for strings) muestran que la curiosidad del músico por explorar caminos distintos a los habituales parece no tener límites. A estas y otras obras llamadas menores hay que añadir su Concierto para violín núm. 2, la obra más compleja de su repertorio concertista y la más laureada de todas. Además, Holdridge ha escrito cinco óperas en un acto para el sistema educativo de escuelas de la compañía de ópera de Los Ángeles. Según el propio músico, una de ellas, Journey to Cordoba, ha sido representada en más de 100 ocasiones. Estas, y algunas obras más, como su opera en dos actos Dulce Rosa (estrenada bajo la batuta de Plácido Domingo) dan buena cuenta de la calidad del músico haitiano, uno de los grandes olvidados de la industria cinematográfica norteamericana.
Concierto para violín núm. 2 (romántico)
Preguntado por el escritor Antonio Piñera en una entrevista reciente (publicada en la pagina web del autor musicadecineblog.com el 16 de diciembre de 2016), Holdridge ha dicho de su concierto: “está dedicado a mis maestros de música y es un homenaje a las obras para violín que yo escuchaba cuando era estudiante”. Es probable que una de estas obras de juventud sea el Concierto para violín opus 24 del compositor húngaro Miklos Rozsa (otro archienemigo de Mudatrón), obra de “marcada impronta cinematográfica” que de alguna manera está presente en los pentagramas de este extraordinario concierto.
Dividido en tres movimientos (Allegretto Expressivo, Andante Meno Mosso y Allegro Ritmico), el concierto fue iniciado en el año 1977 y finalizado en marzo de 1978, década en la que Lee Holdridge todavía no había entrado a formar parte de la industria cinematográfica norteamericana, al menos de una manera influyente.
La realidad del concierto se circunscribe sobre la idea de la tonalidad como primer motor de su discurso narrativo, o lo que es lo mismo, una sucinta predisposición de la temática conceptual que supone toda una declaración de intenciones. El Allegretto expressivo constituye la máxima revelación de la expresividad emocional que el músico desarrolla a través de un contundente leitmotiv (rítmico y elegante) que sienta las bases de lo que será su producción musical posterior. El inicio; arrebatador… Holdridge comienza el primer movimiento del concierto presentando la idea principal de la obra, una romántica melodía de carácter dramático que es recogida por el violín solista, instrumento que, gracias a las hábiles y ágiles manos del violinista Glenn Dicterow, adquiere la entidad necesaria para construir un solido pasaje lleno de virtuosismo escénico. Entre arpegios, pizzicati y toda una suerte de reinterpretaciones del leitmotiv principal, el violín (expressivo ma non troppo) conduce a la melodía hasta el clímax del movimiento, lugar de encuentro en el que Holdridge expone la última gran idea: una tonada llena de fuerza protagonizada por la cuerda y los metales que pone de manifiesto la excelsa capacidad melódica del músico. A partir de aquí el violín entabla un bellísimo soliloquio que conduce molto agitato al dinámico diálogo final (violín/orquesta) que, al más puro estilo cinematográfico, pone punto y final a esta excepcional plática musical.
Otra cosa muy distinta es el Andante Meno Mosso; melancólica loa de tonos ocres que convierten al segundo movimiento en una hermosa y plácida oda a la belleza que el violín, voz rasgada de marinos de salitre y espuma, canta desde las profundidades de las cuatro cuerdas. Holdridge escribe un delicado y sentido alegato que rezuma candidez gracias al profundo diálogo que el solista entabla con el oboe y la flauta, sempiternos compañeros de viaje que dan la réplica a tan delicada y nostálgica conversación. Es en estos pasajes lentos (su obra está repleta de ellos) donde el músico pone los acentos conectando con la parte más emocional del ser humano, razón sine qua non por la que el músico está considerado como uno de los mejores melodistas de esta época. Holdridge concluye el movimiento de idéntica manera a como lo comenzó, dejando que el violín se diluya en el espacio infinito… soledad descarnada que conduce a la fiesta que supone el inicio del tercero.
Otra de las virtudes del compositor es la de convertir algunas de sus melodías en una auténtica fiesta; mutación (¡no Mudatrón!) que está presente en muchas de sus obras. El movimiento festivo de su fantástica Scenes Of Summer, o algunos pasajes del documental cinematográfico Pueblo del sol, muestran esa liturgia festiva que también aparece en el tercer y último movimiento de este concierto. El Allegro Rítmico, el más expresivo de todos, expone desde los primeros compases, y a golpe de timbal, una tonada alegre y desenfadada que el violín ejecuta como único protagonista. El virtuosismo desplegado por el intérprete llega a su máxima expresión en este movimiento que utiliza todos los recursos melódicos y escénicos ofrecidos por el músico. El animado dibujo cromático trazado por los arpegios y florituras del violín, junto a la dinámica textura exhibida por la orquesta sinfónica (London Symphony Orchestra) pone el colofón perfecto a tan interesante obra.
El Concierto para violín y orquesta núm. 2 de Lee Holdridge constituye un ejemplo más de lo que he tenido a bien llamar archienemigo, concepto musical que está anclado en la tradición tonal que lucha a brazo partido con ese ser llamado Mudatrón, histriónico personaje que por numerosas razones abandera una forma de escribir música que monopoliza la mayoría de los programas que se dan cita en los auditorios, teatros y templetes de la actualidad. Dejando a un lado las obras de los compositores clásicos, imagen del hastío que define a la sociedad actual, músicos de la talla de Holdridge, Horner o Bernstein, superhéroes del cinema, defienden otra forma muy distinta de hacer las cosas que nada tiene que ver con el medio en el que se mueven, es más, son la viva imagen de la nueva revolución que paso a paso está conquistando las mentes de los modernos ilustrados que programan las obras de concierto. Quizá no quede mucho para que podamos ver que esta rebelión conceptual acabe siendo algo normal… Ya se sabe:
Más allá del medio, la música es música…
Más allá del músico, la música es música…
Más allá del foro, la música es música…
¡La música es música!
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